Una cinta. Dobleces y re-versos. Sin comienzo ni fin. Moebius. Doblez del infinito. Una cinta. Un objeto que, al ser cortado, se transforma en otra cosa. Tal la idea del matemático. Tal el texto que aquí intentamos presentar.
MOEBIUS: libro donde distintas poéticas, como extremos de un mismo cordel, se doblan y desdoblan, en las voces de sus tres autoras.
Los puntos de intersección son uno de los efectos del vasto campo del poema. Y el encuentro se produce…
Poetas por demás disímiles, han comprendido que la poesía es diálogo. Allí donde Robert Frost escribe: «toda verdad es diálogo», tenemos los versos fundantes de
Hölderlin: «somos una conversación» o, en «VIENTO DEL PUEBLO», la dedicatoria de Miguel Hernández a Vicente Aleixandre: «...cada poeta que muere deja en manos de otro, como una herencia, un instrumento que viene rodando desde la eternidad de la nada a nuestro corazón esparcido. Ante la sombra de dos poetas, nos levantamos otros dos, y ante la nuestra se levantarán otros dos de mañana... » .
Hallamos el mismo concepto en las «CARTAS DEL VIDENTE» de
Arthur Rimbaud: «...!Que el poeta estalle en su salto persiguiendo formas inauditas e innombrables: ya vendrán otros horribles trabajadores ¡Ellos empezarán a partir de los horizontes en los que el otro se haya desplomado!...».
La «intemperie sin fin» enunciada por Juan L. Ortiz, vislumbrada por Hölderlin como «tiempos de indigencia» ante el retiro de los dioses, halla un punto de sutura en las correspondencias: a través del «bosque de símbolos» de Baudelaire, se rebelan tanto la indivisibilidad de lo creado en «desarreglo de los sentidos», como la experiencia de una ajenidad radical donde «Yo es otro».
Entonces, el lenguaje se piensa a sí mismo desde su «no es tiempo aún»…
Palabra. Construcción de una morada.
Si la poesía transcurre en un discurso otro, en un otro pensar, es porque se despliega como continuidad en la trama simbólica.
Ecos del verbo entre la estática.
Las poéticas devienen entonces eslabón, doblez del infinito, palabra plena, herencia de una antorcha...
LILIANA PIÑEIRO es dueña de una precisión minimal. Puede pasar días hasta hallar una palabra que le huye (a veces esa palabra es apenas una preposición). Su tono tiene algo de danza (Nietzsche y el dios que sepa bailar...) y, eventualmente, humor e ironía. Desde sus poemas en prosa hasta el homenaje a
Rilke,
Hölderlin o
Celan, extiende su decir a variaciones sobre la tragedia griega.
VANESA ALDUNATE es prolífica y despliega más de una voz. Se mueve entre diferentes autores, efectuando movimientos de adherencia. Eso que la lleva a unir su propia lectura de Santa Teresa, con arraigados fantasmas de su historia personal. El
petit mal, electrones, vacío. Sucesión arrolladora de imágenes que golpean por efecto, choque o superposición.
LILIÁN CÁMERA es un caso particular de «generación espontánea». Sus poemas se imponen en un fluido in crescendo. Se nutre tanto de los clásicos como de los escritores de terror. En medio de un intimismo distante o doliente hasta la violencia, practica su juego preferido: la dialéctica de la presa y el cazador.
Hoy la poesía atraviesa la larga noche de la palabra. En ese vacío puede moverse, sin ignorar su época y contexto y la vasta trama que la precede, para trazar un futuro en cada movimiento.
Como el poeta que en los versos de DEL OTRO LADO, significativo título para abrir el libro, en el poema de LILIANA PIÑEIRO: «¿busca acaso lo que ve? ¿de cuáles bordes está hecho? ». Ante «la desventura de una pregunta», apela a los recursos: «zurce la voz». Voz que «arrojada bruscamente a lo definitivo» continuará la trama de pliegues y despliegues hacia una palabra cierta...
Quizás hacia el imperativo «que convulsiones en belleza o que no seas», en versos de VANESA ALDUNATE. Las «neuronas azules derretidas sobre la mesa del fondo» vuelven a significarse luego del estremecimiento: «derretida mi sangre para pintar nuevamente».
No hace a un lado la tempestad («sostuvo la tormenta el recuerdo de tus días»). Hace CON el temporal. Gesto que la desesperación legitima, posibilitando la supervivencia.
Entonces surge la voz de LILIÁN CÁMERA, autora que cierra el volumen, del caligrama al estallido final («preguntaste que era aquello reluciendo en la punta del zapato/tan tenue en la noche como el diario en la presbicia// y caerá la noche en otra tierra»), de «el sudor de cóctel en rivotril» a la orgía verbal de FIN DE FIESTA: «...Que es esto que duele en el extremo de ella/ sobre lo que ella camina?/Lo que mira de reojo el blister/en la mesa de luz…».«...No es poco perderse…».
No es poco perderse. Como no es poco el poema que cierra el libro.
Lo cierra. Para volver a empezar.
J. G.